SALOMON Y LA REINA DE SABA, LA BELLA Y EL ASTUTO

El amor entre ambos monarcas nació en el siglo X antes de Cristo.
La soberana era originaria de la región de Tigray, al norte de Etiopía. Se la conocía con el nombre de Maquedá.
Cuando Salomón, rey de Jerusalén, decidió construir el famoso templo de Jerusalén, hizo llamar a todos los mercaderes del mundo conocido para que le llevasen los materiales que requería para iniciar su emprendimiento, Les pagaría con oro y plata.
Entre los mercaderes que acudieron a su llamado se encontraba un etíope que negociaba por las regiones de Arabia. Este hombre viajó a Jerusalén, en donde Salomón le pagó con generosidad por sus productos. Al regresar a Etiopía, divulgó las grandes cualidades del rey judío: la dulzura de sus palabras, su justicia, su modestia, el amoroso trato que tenía con todos y la sabiduría con que ordenaba su reino. Perdonaba a los que erraban y castigaba con clemencia.
Estas historias llegaron a oídos de la reina despertando su curiosidad y su deseo por conocer a semejante hombre.
Ella era joven, bella y muy decidida.
"Ansío ir a Jerusalén en busca de la sabiduría de Salomón", dijo a los nobles etíopes para explicar la razón de su repentino viaje, "porque mejor es la sabiduría que el oro y la plata, y más resplandeciente que el sol".
La caravana partió rumbo a Israel. Al llegar, Salomón la recibió en las puertas de la ciudad con toda pompa y honra.
El rey hizo que se instalara el campamento de Maquedá, la soberana de Saba, muy cerca de palacio y le envió cuantiosos obsequios.
Desde que la reina se instaló en Jerusalén, Salomán acudía a visitarla todos las jornadas y conversaban durante horas.
La visita de Maquedá se prolongó por siete meses. Antes de su partida Salomón le propuso que durmiera con él con el pretexto de que deseaba descendencia. Ella no aceptó, pero sin embargo asistió a un banquete que el rey ofreció en su honor.
Maquedá le hizo prometer que aunque durmiera en palacio no la tocaría. El sabio monarca aceptó, aunque a cambio le sonsacó otra promesa: si se llevaba algo de valor de palacio, él podría hacerle el amor a su gusto.
Ella aceptó.
Salomón, el astuto, hizo servir una copiosa cena en la que abundaban guisados sumamente condimentados.
Luego, el rey hizo colocar el lecho de la mujer al lado del suyo y ordenó que se pusiera una jarra de agua y una taza junto a la cama de la reina.
Durante la noche, Maquedá sintió una inmensa sed y bebió de la jarra.
Salomón vigilaba con malicia desde la cama cercana. La tomó de la mano y dijo:"Has quebrado tu juramento".
Ella, sorprendida, le respondió que el agua carecía de valor. A lo que el ingenioso rey replicó:"¿Hay algo mejor que el agua bajo el sol sofocante del desierto?".
Dicho esto se metió debajo de las sábanas de la reina dispuesto a disfrutar de una noche de placer.
A la mañana siguiente, antes de la partida de la reina a Saba, Salomón le entregó un anillo : "Si Dios me diese algún fruto de ti y fuese varón, envíalo a mi palacio. Este anillo será la señal de que es mi hijo".
Y de esta manera concluyó el efímero y febril romance de Salomón y la reina de Saba

"He aquí que tú eres hermosa, amiga mía
 He aquí que tú eres bella, tus ojos son como palomas...
 Tus labios como hilo de grana,
 Tus dos pechos, como gemelos de gacela
 que se apacientan entre lirios.
 ¡Cuán hermosos son tus amores, esposa mía!
 ¡Cuánto mejores que el vino son tus amores!"  Del Cantar de los Cantares

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